La vida es impredecible. La mayoría de las decisiones que determinan el transcurso de nuestras vidas están fuera de nuestro control; ya sea el país donde nacemos, quien nos cría o el género que nos otorgan al nacer, no tenemos autonomía… solo tenemos la posibilidad de trabajar alrededor de ellas.
Así es como me he sentido la mayor parte de mi vida. Nacer en un país en decadencia no es fácil ya que, o te conviertes en una persona resiliente o dejas que la situación te destruya. De panoramas como el mio hay muchas repercusiones y, aunque mi caso es uno de los más afortunados, la mayoría son negativos. Una tradición común en Latino América es las familias manteniéndose unidas, y es la tradición que he anhelado al pasar de los años. Los niños viven con sus padres hasta que ya no son tan niños, esperando por el momento correcto para “dejar el nido”, día a día disfrutando de platos hechos por mamá en hogares llenos de amor (lo cual no aplica para todos, pero sí para muchos). Los Estadounidenses han creado una tradición completamente opuesta; la mayoría de los jóvenes dejan su hogar poco después de alcanzar los 18 años, y la adultez comienza el segundo que te vuelves mayor de edad. La mayoría se quedan en el país, mudándose a estados a poca distancia de donde crecieron y con su familias no tan lejos, pero sí lo suficientemente.
En mi caso, fui criada en un ambiente completamente latino, pero sabía que mi destino sería completamente estadounidense. Crecí emocionada por dejar mi hogar a los 18, queriendo convertirme en adulta lo mas pronto posible y poder experimentar la libertad que siempre había querido y aun no había tenido. Después de todo, la situación de mi país no me permitió tener una infancia normal. Sabía que mi experiencia iba a ser diferente de la de mis compañeros que se quedaban en nuestro país de crianza, y me encantaba. Allí fue donde mis problemas iniciaron.
Pase de vivir en un hogar con toda mi familia (abuela y primos incluidos), a vivir en un apartamento de dos habitaciones con niñas que acababa de conocer, en un estado que nunca había visitado. Todo lo que conocía y todo a lo que estaba acostumbrada cambió en tan solo par de días. California se convirtió en mi hogar rápidamente, después de todo fue mi decisión mudarme para acá, y realmente considero que fue la decisión correcta. En verdad, la locación no era el problema… más bien, es todo lo que había soñado. La libertad que tanto deseaba? La tengo! Los atardeceres que todos mis Youtubers favorites elogiaban? Espectaculares, incluso mejor en persona! No me siento sola? Ah, un momento… sí me siento sola.
Había creado expectativas de cómo mi vida de adulta iba a ser: Iba a tener un apartamento hermoso, podría llegar a mi casa a la hora que quisiera y viajaría lo más que pudiera. Obviamente, hubo muchos aspectos que a mis 18 años no tomé en consideración, porque en mis ojos no eran importantes. No me percaté de que mi mamá no estaría en la casa después de la escuela, o que ya no iría al cine con mi papá los fines de semana, que ya no disfrutaría de los almuerzos de mi abuela, y que las juntas en familia cada fin de semana habían llegado a su fin. La adultez en los Estados Unidos vino tomada de manos con una soledad para la cual yo no estaba preparada, pero que tenía que afrentar. Fui forzada a convertirme en una persona que no tenía problema sintiéndose sola, incluso si eso no era lo que yo quería originalmente. Anhelaba libertad, no un sentimiento constante de abandono!
Los inmigrantes llevan consigo un peso inmenso, lo cargan sobre sus hombros, y no hablamos mucho de ello. A veces el peso es inaguantable, pero allí es donde debes recordar que la vida es impredecible, y toma decisiones por nosotros sin importar si son buenas o malas. Pero nosotros estamos a cargo de cómo afrontar esas decisiones.
Sentí dolor y miedo por mucho tiempo, pero sí crecí. Sin el ánimo y la guianza de mi familia, algo que hubiese adorado, pero me convertí en la mujer que a mis 18 años habría admirado. Trabajé alrededor de los obstáculos que la vida plantó en mi camino, ya que solo una de las dos podía ganar, y estaba determinada a que esa sería yo.
Sigo creciendo, todos los días. He aprendido a apreciar la combinación de culturas que he logrado percibir a lo largo de mi vida, y hoy en día me siento en más cercanía a mi familia, sin importar los miles de kilómetros que nos separan. Puede que no reciba abrazos de mi mamá o que no disfrute de ver películas con mi papá tanto como yo quisiera, pero he logrado aceptar esa realidad, y me ha ayudado a apreciar más esos momentos cuando sí los tengo.
Crecer sola es difícil, puede romperte el corazón y bajar tus ánimos, pero no te va a destruir a menos que tú le des el poder.

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